Hay muchos rasgos o hábitos masculinos que enamoran a las mujeres, pero también tantos otros que consiguen sacarnos de quicio, crearnos quebraderos de cabeza y hacer que les restemos puntos a nuestros chicos. Estos son algunos de los más irritantes:
Físico descuidado. Un cuerpo perfecto de gimnasio no es suficiente para enamorarnos, pero tampoco los hombres dejados. El pelo sucio, las uñas mordidas, la falta de higiene… Y mucho menos que les parezca divertido eructar o lanzar ventosidades en público.
Egocéntricos. El “Yo, yo, yo…”, los hombres que hablan “para ti” en lugar de “contigo”. Los narcisos que monopolizan la conversación, a solas o en grupo (para engatusar a las mujeres o demostrar lo mucho que saben sobre todo). ¡Y luego dicen que los hombres no hablan!
Fanfarrones. Que se den aires de grandeza por cualquier cosa que hacen, que inflen sus méritos ante el auditorio o se crean superiores a los demás por tener un puesto de responsabilidad o una abultada lista de conocimientos.
Mentirosos. Aunque todos tenemos tentaciones, uno de los rasgos masculinos más dañinos es la tendencia que muchos tienen de negar la evidencia cuando tienen una aventura o están interesados en otra mujer. También, que sean incapaces de expresar los verdaderos motivos por los que rompen contigo.
Que te solucionen la vida. Nada más molesto que un hombre que te diga “A ti lo que te pasa es…”, menosprecie tus preocupaciones o te dé una lista de soluciones a tus problemas cuando se los cuentas porque quieres desahogarte, compartir la información o recibir su apoyo.
Que sean machistas y celosos. Nos gustan los hombres protectores, pero no los que se creen que eres de su propiedad o que fruncen el ceño ante nuestras amistades masculinas, la ropa que llevamos o lo que nos gusta hacer. El paternalismo no es sexy.
Cobardes. Los hombres que no afrontan los problemas ni la responsabilidad de sus actos. Los que miran a otro lado ante la menor dificultad o se comportan como adolescentes, tratando de caer bien a todo el mundo evitando los conflictos. Peor aún si en plena madurez siguen siendo "los niños de mamá" y corren a su regazo cuando tú te transformas en "la bruja".
Soberbios. No nos gusta que sean incapaces de pedir ayuda, recibir consejo o indicaciones cuando se pierden o no saben cómo hacer algo, convencidos de que los demás pensarán que son menos hombres por dejarse ayudar.
Encerrados en sí mismos. Hombres y mujeres somos diferentes en este aspecto y es importante tenerlo en cuenta, pero ellos pueden llegar a sacarnos de quicio cuando una y otra vez no hablan de lo que les pasa y se empeñan en encerrarse en su burbuja o sentarse en el sofá a evadirse con la televisión.
Vagos. Que se escapen cuando toca ayudar en casa o se limiten a quejarse de su mala suerte en el bar si se han quedado en paro, en lugar de encontrar un trabajo o hacer algo útil.


